Hombre solo jesus gardea

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  3. Los viernes de Lautaro, cuento de Jesús Gardea – Círculo de Poesía
Vocabulario Cochimí

Esta intencionalidad, este movimiento de la pluma que escribe sobre una hoja y tan luego siente un roce transmuta el polvo en agua y las palabras en fuego, es casi una excepción en la narrativa mexicana. En sus mundos cerrados el tiempo se mide con un reloj de sol. Los objetos y los hombres se reconocen en la medida que proyectan, o no, su sombra y reflejan o absorben los rayos de luz. Cada escena se lee, o se mira, en claroscuro: Gardea obtiene atmósferas incandescentes sirviéndose de un recurso retórico fijo a la fatalidad: No en balde los sueños y figuraciones de los personajes tienen la forma de un caracol, la extensión de una playa y la consistencia del agua, de todo aquello que su deseo no encuentra.

En los mundos cerrados de Gardea no hay manera de evitar que el infierno exterior sea la imagen concentrada y subsidiaria de los infiernos interiores. Con esa sentencia se puede vertir El agua de las esferas: Y a la aridez del desierto corresponde una escritura que se demora en unos cuantos sucesos. El tiempo narrativo es tan largo que todo lo que ocurre se dilata como hierro al sol.

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Así, obsesiva y machaconamente, las palabras agrupadas a modo de letanía inhiben el desarrollo de la acción e instalan un tiempo que hace desaparecer el movimiento lineal y no deja lugar para una lectura hacia adelante. Lo que ocurre en El agua de las esferas -en todo Gardea- pertenece a una franja de la literatura donde el lenguaje ha tomado el lugar de la acción. Pero en ese tiempo habita un fuego que no se ve. Sus ojos son grises y desolados. Pocos lo pueden ver sin que sientan desértico el mundo. Hace una bola con la hoja y la avienta al patio. LA bola de papel se hunde en la luz como una piedra en el agua de un estanque.

De lejos refulgen como la plata, como luminarias. Zamudio lleva muchos años acudiendo a la plaza. Cuando negocia, nunca mira los ojos del cliente, temeroso de perderlo.

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De ahí le ha venido la fama de perverso. Pero nadie le teme. Siempre se halla a los ojos de todos en pleno sol. Zamudio, como las frutas, ha ido madurando con el calor de los veranos: Emplea las noches en volver a las voces y en tratar de entenderlas. Se acuesta boca arriba y espera. Las voces se anuncian como se anuncia la lluvia.

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A Zamudio se le agita entonces una fronda íntima y se le llena el pecho de rumores. Las voces quieren ser descifradas. Desnudo como se encuentra, Zamudio se acerca a la puerta por donde acaba de arrojar el papel y orina un grueso chorro que parece de oro. El ruido debió de oírse en los cielos.

Nadie como él para orinar un torrente. Lo que no se explica es el color amarillento del chorro, con tanta agua como bebió. Piens aen la rodajas de limón, en que él no conoce enfermedad, como no conoce las canas. Por segunda vez sonríe. Vuelto a su banco de lona sudada y a la mortificación de las moscas, Zamudio dormita un poco pero manteniéndose erguido, al modo de un centinela. Como si de un momento a otro tuviera que verse obligado a saltar sobre un abismo.

Los remolinos de polvo de la calle vienen a estrellarse contra el esprín de la puerta, a cernirse allí. Zamudio encoge las piernas: Busca con los pies debajo del banco los zapatos.

Los viernes de Lautaro, cuento de Jesús Gardea – Círculo de Poesía

Sabe que no debe ausentarse de la casa para nada, que allí debe permanecer, esperando: Lautaro Labrisa ha colocado, profundamente hincados junto al pozo, tres gruesos palos unidos por las puntas para aguantar una polea de madera. Hace girar la polea despacito. Le acaricia la canaladura lustrosa como si tuviera entre las manos el sexo de una mujer y piensa en el tiempo que lleva de prestarle servicio.

Lautaro mira de nuevo el cielo. El zopilote vuela ahora muy cerca de la línea del horizonte. Lautaro lanza un escupitajo a la sombra. Luego ve la hora en el reloj. Lautaro Labrisa suele dormirse en el agua. Sueña entonces con mujeres.

Las posee mientras canta. Sueña que le brota esperma colorida. Un espasmo gigantesco, resonante, le aviente los huesos, la piel, la saliva, contra el cielo del mundo.

La explosión lo despierta. Lautaro oye el tic-tac del reloj que ha dejado sobre una silla. Busca al gato con los ojos. Pero como no le responde, vuelve su mirada al sexo y lo empuña por la raíz. Brevemente lo tiene así, luego lo suelta, y se incorpora. La comida de Lautaro es carne seca, maíz tostado, nueces y agua. A veces la acompaña con una tablilla de chocolate amargo. Lautaro no cena ni almuerza. Cree que los sueños de la tarde lo alimentan como si fuera un festín. Habitualmente Lautaro y el gato comen juntos; Lautaro sentado a la turca: